Igualdad
Domingo 22 de octubre de 2006
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Las mujeres somos un grupo social minoritario, pese a ser más de la mitad de la población, porque tenemos menos poder social que los varones. Desde este punto de vista, parece impensable considerar la evolución social y política de nuestra sociedad sin tener en cuenta la necesidad de alcanzar la igualdad de oportunidades y la erradicación de cualquier discriminación o violencia por razón de sexo.
A pesar de que se ha avanzado socialmente, las mujeres hoy en día seguimos teniendo una menor independencia económica y una menor participación en la vida social y política, que los hombres. Por otro lado, las mujeres que se han incorporado al mundo laboral y al mundo social y político, siguen soportando el peso del trabajo doméstico y familiar. Además, aunque hay leyes que nos protegen frente a la discriminación directa, las Instituciones y las prácticas políticas del PP y PSOE no evitan la discriminación indirecta (que supone una situación de desventaja de partida frente a los hombres), que supone la realidad diaria de todas nosotras. Es por esto necesario, seguir reivindicando la igualdad formal o legal (que evite la discriminación en el ámbito político, laboral, social, educativo), y al mismo tiempo, luchar por instaurar la igualdad real en la vida cotidiana.
Esta diferencia de poder en una sociedad, aun hoy patriarcal y sexista, provoca que las condiciones de vida de las mujeres sean mucho más adversas que las de los hombres, sufriendo discriminación, vejaciones y violencia. De hecho, parece sensato pensar que la desigualdad es un campo de cultivo fértil para la aparición de la lacra social, que es la violencia contra las mujeres. Concretamente, el término “violencia de género” señala que las diferentes agresiones que sufrimos las mujeres son consecuencia de la discriminación y el desequilibrio del poder entre hombres y mujeres.
Frente a una mayor conciencia social de la existencia de los desequilibrios y desigualdades, nos encontramos a menudo con un discurso ampliamente extendido que normaliza estos fenómenos. Con una frecuencia mayor a la deseada, escuchamos frases como: “las desigualdades son normales” o “van a existir siempre”; que no son sino el escudo de quiénes no desean construir una sociedad equitativa.
Mercado laboral desigual
Uno de los avances más importantes ha sido la llegada de la mujer al mercado laboral. La mujer ha sido trabajadora siempre, sin embargo, sólo recientemente se está valorando y mostrando la aportación de su trabajo. La diferenciación sexual del trabajo ha condenado tradicionalmente a las mujeres a desarrollar su actividad laboral únicamente dentro del ámbito doméstico y familiar. Estos trabajos han sido devaluados socialmente y han permanecido ocultos puesto que no son actividades mercantiles, que se cambian por dinero. Comúnmente se piensa que el trabajo considerado tradicionalmente masculino proporciona riqueza, y que es productivo, frente al trabajo femenino. De hecho, las instituciones no valoran ni contabilizan el trabajo que se desarrolla en las casas y familias, lo que indica la desvalorización y la falta de visibilidad social de estas actividades.
Sin embargo, poco a poco, pero de manera continua, la participación de la mujer en el mercado laboral, ha ido aumentando. Frente a este dato optimista, encontramos que las condiciones laborales a las que las mujeres ocupadas nos enfrentamos son poco alentadoras:
Menores salarios.
Empleo precario: las mujeres tenemos mayores tasas de temporalidad, prácticamente la totalidad de las peticiones de jornada reducida son solicitadas por mujeres.
Subempleo: las mujeres ocupan puestos de trabajo inferiores a su categoría profesional o a su experiencia previa.
Segregación horizontal: el trabajo femenino se sigue vinculando a los servicios y a ramas relacionadas con trabajos típicamente femeninos: educación, sanidad… Como resultado, estas actividades están peor remuneradas.
Segregación vertical: incluso en esos sectores, raramente los cargos de responsabilidades son ocupados por mujeres.
A esto hay que añadir que la incorporación al trabajo ha supuesto que las mujeres soportemos cada vez una mayor carga de trabajo, ya que el hombre no se ha incorporado totalmente al trabajo doméstico. Estas dobles o triples jornadas de trabajo femenino, afectan directamente a la salud psicológica y física de las mujeres.
Propuestas
Es el momento de que hombres y mujeres de izquierdas, debatan y discutan cuáles son las circunstancias reales en las que se mueven las mujeres, y cuáles son los problemas a los que las mujeres se enfrentan en su vida cotidiana. La igualdad social entre los sexos no es algo utópico, ni artificial, sino que responde al deseo, a la necesidad, y al derecho de las mujeres a desarrollarse plenamente.
En este sentido, parece sensato considerar que los hombres, como grupo social predominante, deben ser partícipes y co-protagonistas de todas y cada una de las reivindicaciones sociales y políticas para conseguir la paridad. Consideramos, pues, que el verdadero reto está en integrar la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres en el conjunto de las acciones políticas y comunitarias. Para ello, no obstante, es necesario plantear tanto políticas de carácter transversal como acciones concretas.
Empleo:
Ayudas a empresas que fomentan la igualdad de condiciones y promoción a hombres y mujeres.
Sanciones económicas a empresas en las que las mujeres reciben un salario inferior o tienen categorías laborales inferiores a las de los hombres que realizan su mismo trabajo.
Facilitar el acceso de la mujer al mundo laboral.
Fomentar la creación de empresas por parte de las mujeres.
Vida personal:
Creación de guarderías públicas.
Ayudas económicas para las mujeres que solicitan reducción de la jornada laboral.
Ayudas a empresas que fomentan la conciliación de la vida personal y laboral.
Facilitar el acceso a los recursos públicos y a la formación continua.
Facilitar la incorporación de la mujer a la vida política y de la comunidad.
Proporcionar apoyo económico e institucional a las familias monoparentales.
Violencia de género:
Acciones educativas dirigidas a concienciar a la población de la lacra social que constituye.
Apoyo institucional, económico, legal y policial desde el momento en el que una mujer pone una denuncia.
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